lunes, 10 de agosto de 2015

Descubrimiento inesperado

Desde que tengo memoria, mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis primos... Todos me dicen que no me acerque a la desembocadura del río. ¿Por qué será? A los niños siempre nos obligan a quedarnos cerca del gran árbol, al lado de las cuevas. ¿De qué hay que tener miedo? No se trata de un animal salvaje, porque nos lo habrían advertido para que identificáramos su olor, igual que con los osos.
¿Qué puede ser?
Erika era una de las elfas más jóvenes del clan, pero también una de las más curiosas. La desembocadura del río era casi tabú para los miembros del clan. Nadie, bajo ningún concepto, debía acercarse a esa zona. ¡Y mucho menos los niños! Erika no podía dejar de pensar en que allí se ocultaba un gran tesoro, algo mágico, insólito y que merecía ser visto.
Una tarde, mientras sus padres habían salido de caza y sus hermanos pensaban que ella descansaba de un fingido dolor de estómago, se escabulló hábilmente sin ser vista para acercarse a la zona prohibida. No llevaba más que una capucha hecha de enredaderas para camuflarse entre la vegetación. Tras caminar durante bastante tiempo entre árboles, arbustos y maleza, por fin pudo divisar el mar a lo lejos. De repente, se quedó paralizada, sus sentidos empezaron a captar peligro por todas partes. Olía a humo, escuchaba voces, ruidos, sentía movimiento a su alrededor... Cuando por fin pudo reaccionar, se agachó lentamente, para no llamar la atención. No podía ver nada ni a nadie, pero si sentía que había seres cerca. Sabía que no eran elfos, porque no olían de esa forma, así que le entró curiosidad. Se acercó con cautela, para no ser detectada y por fin pudo ver un puñado de casas en la desembocadura del río. Pocas, pequeñas y muy juntas. La puerta de una de las casas se abrió y de dentro salió un hombre corpulento. Erika no podía verle bien la cara, ya que, a pesar de tener una muy buena visión, estaba bastante lejos. El hombre dió unos pasos hacia adelante y empezó a hacer una serie de estiramientos mientras contaba en voz alta. Al acabar, soltó una fuerte risotada y volvió a entrar en la casa para volver a salir segundos más tarde con una lanza en la mano. Tras él salió una mujer, que le abrazó por detrás con fuerza. Erika pensó que parecía muy triste. El no le devolvió el abrazo, simplemente esperó a que ella le soltara y andó hacia la orilla del río, donde había una especie de embarcación pequeña. Erika se quedó mirando a la mujer, que parecía estar llorando por dentro. El hombre empujó la embarcación hacia el río y le dijo algo a la mujer que Erika no pudo oír. Acto seguido se subió encima con la lanza y un remo. La mujer le decía adiós con la mano, pero él no la podía ver, ya que se dirigía a la desembocadura del río.
Erika estaba desconcertada, pero también fascinada. ¿Quienes eran? Pero más importante aun ¿qué eran? Sus rasgos no eran delicados, como los de los elfos de su clan o de otros clanes que había visto en su corta vida. Su ropa tampoco era como la suya. No eran iguales, eran diferentes.
Cada segundo que pasaba mirando cómo la mujer se despedía del hombre, que iba desapareciendo en el horizonte, Erika sentía más curiosidad. No podía acercarse más, porque podría ser peligroso. Al fin y al cabo, todos le habían advertido que no debía acercarse a esa zona. ¿Pero por qué? Parecían totalmente inofensivos. Debía conocer la verdad.
Erika volvió al gran árbol, donde vivía su clan y donde nadie había notado su ausencia. Sus hermanos, escandalizados al escuchar su historia, le prohibieron terminantemente volver a acercarse a aquellos bárbaros y le recomendaron encarecidamente que no le contara nada a sus padres, si no quería sufrir las consecuéncias.
- ¿¡Cómo se te ocurre violar todas las normas!? - le dijo su hermano mayor
- Si, ¿es que no sabes que si te decimos que no vayas por ahí es por tu bien? - su hermana mediana también estaba preocupada.
- ¡Podrían haberte capturado! - continuó su hermano mayor - ¡hasta podrían haberte matado!
- O a saber qué más, ¡no quiero ni pensarlo! No vuelvas a acercarte a ellos jamás - insistió su hermana mediana.
- Pero no parecen peligrosos, solo diferentes. - replicó Erika.
Sus hermanos, horrorizados por la nula capacidad de Erika por detectar el peligro, siguieron insistiendo en que no volviera a acercarse a esa zona, pero sin darle un ejemplo, una razón convincente o una explicación clara de lo que eran esos seres.

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