jueves, 22 de septiembre de 2016

Reencuentro

Kannen bajó del avión, se colgó su mochila sobre el hombro y notó que el nudo que tenía en el estómago desde que subió no había mejorado. No había viajado mucho en su vida, pero jamás lo había pasado tan mal como en este vuelo. Había sido un trayecto tranquilo, sin turbulencias y para suerte de Kannen, el asiento que tenía a su lado iba vacío. No obstante, tuvo escalofríos, dolor de cabeza, arcadas y hasta llegó a vomitar. Los auxiliares de vuelo y la gente que tenía a su alrededor le miraron raro.
Estaba histérico porque iba a ver por fin a Yoko. Había pasado más de un año desde que rompieron y desde el momento en que ella se marchó, todo había ido del revés. Cuando ella le dijo que necesitaba marcharse y que debía ser lejos, él no se lo esperaba. Kannen tenía claro lo que quería hacer en el futuro. Su vida no había sido nada fácil y siempre había acudido a la música como vía de escape. Por muchos cambios que viviera y muy mal que le fueran las cosas, tocar había sido su constante. Con su guitarra se sentía seguro, quizá algunos podrían decir que se sentía como si fuera otra persona, aunque en realidad era más él que nunca. Hasta que conoció a Yoko. Nunca se había sentido tan querido. Jamás había conectado así con otro ser humano, por lo que no sabía qué esperar, cómo actuar, así que se dejó llevar. Tuvieron una relación intensa, pero Yoko también tenía sus problemas...
Kannen no supo reaccionar cuando Yoko le pidió que se fuera con ella. Su parte más pasional le decía: "¡vámonos!" Su egoísmo le susurraba: "¿por qué no se queda y ya está?" Pero sobre todo, su parte racional le hizo pensar: "yo quiero seguir tocando y ahora estoy empezando en mi carrera". Yoko no le dejó mucho tiempo para pensar, necesitaba una respuesta rápida, así que no pudo valorar sus sentimientos encontrados. Kannen optó por su carrera, porque siempre había sido una constante en su vida, sin tener en cuenta que desde que conocía a Yoko, no había vuelto a necesitar refugiarse en la música.
En cuanto Kannen no tuvo a Yoko a su lado, la música no le sirvió de consuelo. Cada nota que salía de su guitarra era como un puñal que se le clavaba en el alma, pues ella no estaba allí para escucharla. Cada concierto que les salía, era un infierno, ya que se veía obligado a tocar para desconocidos, gente que no le quería, que no le apreciaba, gente que no iba a sentir lo que ella sentía cuando le oía tocar.

Pero por fin había decidido enmendar su error. No debía volver a quedar atrapado en recordar una y otra vez lo ocurrido. Su amigo Mark le vino a la cabeza, repitiéndole que el pasado era pasado y que si no miraba hacia el futuro, éste nunca llegaría. Sacó de su bolsillo el papel con la dirección de Yoko y se acercó a un Taxi, rezando por que hablara algo de inglés.

Como se suele decir, a la tercera va la vencida y Kannen se encontró a un taxista hindú que había estado viviendo 5 años en Manchester y en un montón de sitios más. Por desgracia, a pesar de haberle contado media vida, no le advirtió que la carrera iba a salirle tan cara y después de dejarle frente al portal de Yoko, Kannen se quedó sin euros.
El chico bajó del Taxi con su mochila sobre el hombro y acto seguido comenzaron a temblarle las piernas. ¿Y si todo ese plan improvisado había sido una mala idea? No hacía ni 24 horas estaba en su piso y ahora de repente se encontraba frente al bloque de apartamentos donde vivía Yoko. ¿Y si rechazaba verle, igual que había rechazado hablar con él por teléfono? Ni siquiera se había parado a pensar en la reacción que podría tener al encontrarse frente a él. Lo había evitado a toda costa para no ponerse más nervioso, pero ahora todos esos pensamientos salían a flote. Se imaginaba mil escenarios distintos, en los que Yoko le abofeteaba, en los que le besaba, en los que acababan en la cama. Cómo le gustaría que eso fuese así, que al verle se le tirara al cuello y acabaran en la cama, sin reproches, sin pasado, solo pasión. La echaba de menos.

Tras 20 minutos paralizado frente al portal, una señora abrió la puerta para salir, Kannen salió de sus pensamientos con cara de susto y ambos se quedaron mirando.
- ¿Vas a pasar? - dijo la mujer aguantando la puerta dubitativa.
- Ehhh... Excuse me? - Kannen levantó los hombros en señal de duda. 
La mujer le dedicó una media sonrisa, pensó unos segundos y luego dijo:
- ¿You... go in? - acompañó las palabras con señas, de modo que Kannen entendió a la perfección.
- Yes... yes please. - El chico asintió y como si se dirigiera hacia lo desconocido, entró en el portal.
Una vez dentro, Kannen miró a su alrededor. Vio los buzones y al fondo, el ascensor y la escalera. Volvió a sacar la dirección y ponía que Yoko vivía en el tercer piso, así que decidió coger el ascensor, pero antes miró los buzones, para asegurarse de que no se cumplía uno de los escenarios que se había imaginado, en el que un señor gordo y barbudo abría la puerta y le decía que esa tal Yoko se había mudado hacía tiempo. Por suerte, entre los buzones había uno en el que ponía "Yoko Gray". Había dos nombres más: "Erika O'Neil" y "Taika Lestreik". Por un momento quiso huir. ¿Y si le abría la puerta una de esas dos desconocidas? No sabía quienes eran, quizá ni siquiera hablaban su idioma. ¿Cómo iba a presentarse? Quizá Yoko les había hablado de él y no le dejarían entrar, alertándola a ella. Eso lo complicaría todo.
Kannen sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, empezó a dar vueltas por el portal, pensando en todo lo que podía salir mal. La mochila se le resbaló del hombro y cayó al suelo. Kannen se alertó por el ruido y cuando fue a recogerla notó una presencia detrás de él.
- ¿Kannen? - dijo una voz que le resultaba familiar a su espalda. La voz estaba entrecortada y Kannen se quedó petrificado.
- ¿Eres tu? - Kannen no tenía el valor de darse la vuelta todavía, pero tenía claro que era la voz de Yoko. Se notaba que estaba llorando y se estaba acercando a pasos lentos, con timidez o quizá con miedo. El chico seguía agachado, agarrando una de las asas de la mochila pero sin llegar a levantarla, mirando hacia el suelo con los ojos como platos y a punto de que las lágrimas brotaran de sus ojos.
- ¡¿Kannen?! - Yoko no podía soportar ese silencio. No tenía ni idea de qué hacía él allí. No sabía nada, acababa de llegar de su turno de mañana en la tienda y pensaba pasar la tarde de relax con Erika. Jamás hubiese imaginado abrir la puerta de su portal y encontrárselo allí.
Finalmente, Kannen se dio lentamente la vuelta, soltó el asa de la mochila y las lágrimas se le escurrieron por las mejillas. Yoko estaba tan guapa como siempre. Estaba de pie, frente a la puerta de entrada, mirándole con los ojos llorosos, mordiéndose el labio inferior, con los hombros caídos, ambos brazos totalmente en paralelo con el cuerpo y los puños cerrados. Kannen se dejó llevar y corrió hacia ella, la abrazó con todas sus fuerzas y Yoko... Yoko le devolvió el abrazo.


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